Para vosotros, familia y amigos, un poquito de mis andanzas por el mundo.

18 diciembre 2006

V - Cerrado por vacaciones

En donde se explican los motivos de la ausencia en las próximas semanas

Mañana a estas horas estaré facturando las maletas para volar a casa (a los niños no los facturo porque no me dejan...). Este año hemos decidido cumplir con la tradición y comer los canelones en casa.

Y justo después de los canelones, nos vamos a hacer turismo. A Mr. Marujo le han dado de repente vacaciones forzadas. El cliente no deja que durante tres semanas toquen nada de la cadena de producción de coches y todos los trabajadores se tienen que ir a su casita a descansar, que ya era hora.

Nuestra primera idea era haber volado a Kiruna, en el norte de Suecia, para experimentar lo que es un auténtico invierno polar y además cumplir el sueño de pernoctar en el Hotel de Hielo. Pero nos ha echado para atrás la idea de ir con los niños, puesto que estamos hablando de casi 24 horas de oscuridad y temperaturas que pueden llegar a los 40 bajo cero. No me asusta lo que les pueda pasar a ellos (en Kiruna también viven niños) sino de lo que me puede pasar a mí por tener que estar tantas horas metida con ellos en un hotel.

Así que hemos decidido hacer turismo hispano. No, no nos vamos ni a Tenerife, ni a Mallorca, ni a la Costa del Sol. Nos vamos a recorrer toda la costa del Cantábrico empezando en la frontera con Francia. Acabaremos en Santiago de Compostela, tras hacer una parada en un pueblo de la sierra de los Ancares, Balouta, origen de mi abuela paterna. Es éste un pueblo hermoso, rodeado de montañas, que vi por última vez hace unos treinta años, cuando era uno de los últimos lugares de España al que no llegaba la carretera, ni la luz, ni había apenas lavabos... Un verano de mi infancia inolvidable. Tuvimos que llegar a Balouta entonces caminando una buena decena de kilómetros, por un paso de montaña, con las maletas a lomos de caballo.

Hoy las cosas son muy diferentes, aunque nada les libra de quedarse casi cada año un día o dos incomunicados por la nieve. Eso sí, como dice el primo de mi padre y alcalde del pueblo, ya no es un problema: ante una emergencia a la media hora tienen un helicóptero.

El motivo por este viaje por tierras de lluvia y frío no se debe exclusivamente a que seamos masocas (bueno, un poco especiales, tal vez); mi madre tenía el deseo de pasar su setenta cumpleaños rodeada de nieves y con mi padre planearon hace mucho tiempo pasar unos días en Balouta. Pensé que valía la pena el esfuerzo de acudir nosotros dos o tres días, con los niños, a celebrarlo. Y de paso visitar unas tierras que apenas conocemos. Nos vemos a la vuelta.

Felices Fiestas y un Mejor Año Nuevo

16 diciembre 2006

IV - Las otras Navidades

En donde se recuerdan las últimas Navidades pasadas (con mayor o menor fortuna)

Esta mañana me estaba tomando mi café con panecillos (un buen desayuno nunca lo perdono) cuando me dio por pensar en las próximas Navidades, y de ahí, haciendo en mi mente una retroconexión neuronal, a los lugares que me han visto celebrarlas (o no celebrarlas) en los últimos cinco años de exilio voluntario.

El primer año de mi marcha pasamos Mr. Marujo y yo el día de Navidad en Cuenca, los dos solos. Habíamos salido el 24 por la mañana de un Albarracín cubierto por la nieve y con temperaturas que rondaban los 20 bajo cero (en Teruel ese día hubo una máxima de -5,2 y una mínima de -17,8). Íbamos camino de otro pueblo de montaña donde teníamos cita con el alcalde para casarnos cuatro días más tarde. Aceleramos nuestra marcha, sin grandes celebraciones de Navidad, porque el puerto de montaña para acceder allí estaba cerrado por la nieve y teníamos que dar un gran rodeo por la costa si queríamos acudir a la cita, que tan sólo habíamos concertado 15 días antes. Tal vez hubiera sido más fácil habernos ido a casar a Las Vegas.

En el 2002 la Navidad fue eso, una Navidad en Barcelona como Dios manda, con mucha, mucha familia, mucha comida y muchos regalos. Al día siguiente, el 26 por la mañana, íbamos a volar los dos a Liverpool, donde empezaba un nuevo montaje de coches. Eran tiempos de grandes incógnitas sobre lo que iba a pasar en los próximos meses, de darle a la cabeza y pensar si los sueños para el año siguiente se podrían cumplir.

En el 2003 volvió a haber repetición de la jugada. Con la diferencia de dos pequeños milagros que participaron en mis brazos, cómo no, en el tradicional Cagatió familiar. No recuerdo en qué pensaba yo ese día, imagino que no tenía tiempo. Era feliz.

Al año siguiente miles de kilómetros nos separaban de casa. Tal vez fueron las Navidades menos Navidades. Porque era verano en Sudáfrica y parecía imposible pensar que ese Papá Noel en trineo tirado por renos que también adornaba los escaparates de ese país pudiera llegar al semidesierto Valle de la Desolación, un paraje árido de origen volcánico dentro de la reserva natural del gran Karoo. Hermoso lugar a pesar de su nombre. Estábamos en medio de nuestro gran viaje de 5.000 km por Sudáfrica. Cómo viajar con dos bebés y sobrevivir al intento...

El pasado año pasado amaneció un día de sol radiante y cielo azul en Gotemburgo. Y como suele ser en esos días soleados de invierno, con mucho frío, varios grados bajo cero. Pero había que aprovechar ese día tan magnífico para hacer lo que más nos gusta a mi media Kartoffel y a mí: ir a recorrer mundo. Pusimos rumbo a Marstrand, una pequeña ciudad al norte de Gotemburgo enclavada sobre dos islas y en la que perderse por el casco antiguo (las casitas de los pescadores de antaño) es una delicia. Llevábamos comida para los mellizos pero nosotros teníamos la idea de buscar un lugar bonito para comer el día de Navidad.

Suecia debe de ser uno de los países del mundo con un horario de apertura de tiendas y locales más amplio, pero ese día aprendimos una cosa: cerrado por Navidad significa eso, cerrado. No encontramos en Marstrand ni por pueblos o ciudades cercanos ni un triste bar abierto. Al final tuvimos que hacer una difícil elección: tomar un perrito caliente y un café en una gasolinera o una hamburguesa en McDonalds. Elegimos la hamburguesa. Triste.

Este año... la supercomida de Navidad familiar y en San Esteban los canelones de mi madre. Como tiene que ser, aunque yo parezca una hija un tanto descastada. Me gustan estas fiestas.

(En la foto se ve nuestro candelabro de siete velas, el típico adorno de todas las ventanas suecas por estas fechas. Las figuritas del Belén, sufridas víctimas de los ataques de mis hijos. Y unos Papá Noel que me han hecho en la guardería mis dos artistas.)

13 diciembre 2006

III - Las huellas del delito

En donde simplemente se narra una anécdota familiar

Mi hijo S siente fascinación por los rotuladores. Es el mismo de la historia del capítulo II; ¿será que va para artista?

Me los pide a todas horas, para ir a la bañera, para ir al autobús, para hacer pipí, para comer, para ir a la cama. Yo me niego en rotundo, y sólo se los dejo para dibujar cuando lo tengo en casa bien a la vista, sentado a la mesa y con un folio delante. Con una réplica de Altamira ya hay suficiente.

En mitad de la pasada noche (no sé cuándo porque no me enteré) se ha levantado, ha cogido la silla de la cocina, la ha arrastrado hasta el comedor, la ha utilizado para ponerse de pie en el escritorio y desde allí estirar el brazo a la estantería más alta y coger un rotulador amarillo, que se ha llevado a la cama para seguir durmiendo.

Pasmoso, ¿verdad? Como apenas tiene 3 años no ha sabido que cuando se comete un delito se tienen que borrar las huellas para eludir el castigo: la silla junto al escritorio y la caja de rotuladores abierta junto al ordenador. Todo se perfeccionará con el tiempo...

Cambiando de tema, al parecer hay un astronauta sueco en el espacio que se ha llevado en su viaje, como símbolo de Suecia, nada menos que unas galletas Pepparkakor y un disco de Abba. Como veis, gracias a la información de este blog podéis decir que ya conocéis una de las cosas suecas más importantes.

12 diciembre 2006

II - Galletas suecas de Navidad con babosa

En donde se reflexiona sobre cómo el entorno donde crecemos nos condiciona

Hace unos días, en una tarde lluviosa como muchas otras, se me ocurrió entretener a mis hijos haciendo galletitas. Los senté a la mesa, rodillo en mano, con un trocito de masa a modo de plastilina. Mientras con un ojo iba controlando que no se comieran la pasta cruda, yo también disfrutaba de darle al rodillo y hacer mis propias creaciones, las típicas Pepparkakor o galletas suecas de jengibre, que tanto sirven para comer como para decorar las casas o adornar los abetos en Navidad. Quedaron una preciosidad, con esas formas tradicionales que veis en la foto, con el único inconveniente de que a nadie de nosotros nos gustan.

Pero, tranquilos, no os quería hablar de cocina, aunque yo sea una maruja cocinera, porque éste no es un blog de cocina, ni creo que os interese la receta ni os gustasen las galletas. Demasiada especia (jengibre, clavo, cardamomo, canela...) para el gusto mediterráneo estándar...

Mientras estaba metiendo una bandeja en el horno, mi hijo me cuenta todo orgulloso, mira, mamá, he hecho una babosa, y realmente aquella cosa lo parecía. Malditas babosas... Las encontramos a montones en nuestro camino diario al cole, húmedo siempre por la lluvia diaria, y yo pongo buen cuidado en que no las pisen. No puedo con ellas. ¿No podía mi hijo haber escogido para su arte una florecilla, una hoja o cualquier otro animal que no fuera alargado y reptara por el suelo?

Cuando mi hijo me vio con la cámara para inmortalizar nuestras galletas me dijo, mamá, pon la babosa también, quiero que salga en la foto.

Moraleja: cada cual es producto del lugar en que se cría y si hay babosas pues babosa que te crió.
Por cierto, para contradecir lo que escribí ayer, hoy ha salido el sol...