Para vosotros, familia y amigos, un poquito de mis andanzas por el mundo.

16 diciembre 2006

IV - Las otras Navidades

En donde se recuerdan las últimas Navidades pasadas (con mayor o menor fortuna)

Esta mañana me estaba tomando mi café con panecillos (un buen desayuno nunca lo perdono) cuando me dio por pensar en las próximas Navidades, y de ahí, haciendo en mi mente una retroconexión neuronal, a los lugares que me han visto celebrarlas (o no celebrarlas) en los últimos cinco años de exilio voluntario.

El primer año de mi marcha pasamos Mr. Marujo y yo el día de Navidad en Cuenca, los dos solos. Habíamos salido el 24 por la mañana de un Albarracín cubierto por la nieve y con temperaturas que rondaban los 20 bajo cero (en Teruel ese día hubo una máxima de -5,2 y una mínima de -17,8). Íbamos camino de otro pueblo de montaña donde teníamos cita con el alcalde para casarnos cuatro días más tarde. Aceleramos nuestra marcha, sin grandes celebraciones de Navidad, porque el puerto de montaña para acceder allí estaba cerrado por la nieve y teníamos que dar un gran rodeo por la costa si queríamos acudir a la cita, que tan sólo habíamos concertado 15 días antes. Tal vez hubiera sido más fácil habernos ido a casar a Las Vegas.

En el 2002 la Navidad fue eso, una Navidad en Barcelona como Dios manda, con mucha, mucha familia, mucha comida y muchos regalos. Al día siguiente, el 26 por la mañana, íbamos a volar los dos a Liverpool, donde empezaba un nuevo montaje de coches. Eran tiempos de grandes incógnitas sobre lo que iba a pasar en los próximos meses, de darle a la cabeza y pensar si los sueños para el año siguiente se podrían cumplir.

En el 2003 volvió a haber repetición de la jugada. Con la diferencia de dos pequeños milagros que participaron en mis brazos, cómo no, en el tradicional Cagatió familiar. No recuerdo en qué pensaba yo ese día, imagino que no tenía tiempo. Era feliz.

Al año siguiente miles de kilómetros nos separaban de casa. Tal vez fueron las Navidades menos Navidades. Porque era verano en Sudáfrica y parecía imposible pensar que ese Papá Noel en trineo tirado por renos que también adornaba los escaparates de ese país pudiera llegar al semidesierto Valle de la Desolación, un paraje árido de origen volcánico dentro de la reserva natural del gran Karoo. Hermoso lugar a pesar de su nombre. Estábamos en medio de nuestro gran viaje de 5.000 km por Sudáfrica. Cómo viajar con dos bebés y sobrevivir al intento...

El pasado año pasado amaneció un día de sol radiante y cielo azul en Gotemburgo. Y como suele ser en esos días soleados de invierno, con mucho frío, varios grados bajo cero. Pero había que aprovechar ese día tan magnífico para hacer lo que más nos gusta a mi media Kartoffel y a mí: ir a recorrer mundo. Pusimos rumbo a Marstrand, una pequeña ciudad al norte de Gotemburgo enclavada sobre dos islas y en la que perderse por el casco antiguo (las casitas de los pescadores de antaño) es una delicia. Llevábamos comida para los mellizos pero nosotros teníamos la idea de buscar un lugar bonito para comer el día de Navidad.

Suecia debe de ser uno de los países del mundo con un horario de apertura de tiendas y locales más amplio, pero ese día aprendimos una cosa: cerrado por Navidad significa eso, cerrado. No encontramos en Marstrand ni por pueblos o ciudades cercanos ni un triste bar abierto. Al final tuvimos que hacer una difícil elección: tomar un perrito caliente y un café en una gasolinera o una hamburguesa en McDonalds. Elegimos la hamburguesa. Triste.

Este año... la supercomida de Navidad familiar y en San Esteban los canelones de mi madre. Como tiene que ser, aunque yo parezca una hija un tanto descastada. Me gustan estas fiestas.

(En la foto se ve nuestro candelabro de siete velas, el típico adorno de todas las ventanas suecas por estas fechas. Las figuritas del Belén, sufridas víctimas de los ataques de mis hijos. Y unos Papá Noel que me han hecho en la guardería mis dos artistas.)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿qué serían unas navidades sin los canelones de la mama?
Tus últimas navidades han sido una mezcla de exótica tradición. A mí, alguna vez me gustaría pasarlas en algún sitio donde fuera verano. Debe resultar chocante, hohohoooo.

Mercedes dijo...

@Sansar: Tengo que confesar que ya he probado parte de los canelones. Hace un mes, cuando estuve en casa, mi madre me sacó unos cuantos del congelador. Los había preparado entonces para que yo los comiera, pensando que este ano tampoco iba a aparecer por Navidad...