Para vosotros, familia y amigos, un poquito de mis andanzas por el mundo.

28 febrero 2007

XVII - El colmo de la cocinera

En donde se comparte con la blogosfera una frustración culinaria

¿Cuál es el colmo de la cocinera? Que nadie, absolutamente nadie quiera comerse lo que has cocinado.

Primero uno levanta inquisidor la cucharilla, que esto no me gusta. Después el otro mordisquea escéptico un lacito, mamá no tengo hambre. Y por último el padre, mejor me como otra cosa. Y mira que es difícil que R no se coma algo, que por algo le apodaban "Bioterminator" en sus épocas de universitario, porque acababa con los restos de lo que habían cocinado sus compañeros en la residencia de estudiantes...

En fin, que si a alguien le apetecen lacitos con queso de cabra, endibia y orejones sólo tiene que llamar a mi puerta virtual y le teleenvío un túper lleno. Para una vez que hago un invento a lo Ferran Adrià, así me sale. Y lo que más me preocupa: a mí me han estado buenos. ¿Es que soy rara? ¿Mejor me compro el libro de "La cocina de Sor Juana Inés de la Cruz" o me abono directamente a Telepizza?

26 febrero 2007

XVI - Cómo nos vestimos en Suecia

En donde se habla de indumentaria, pulmonías y evolución de las especies

Sólo unas pocas horas y unos metros de distancia separan estas dos fotografías. El paisaje nevado delante de casa, pues finalmente ha caído una buena nevada en este invierno que no es invierno...


... y un escaparate cualquiera de una tienda cualquiera*.


¿Se han vuelto locos los suecos? ?Acaso son más hombres (y mujeres) de pelo en pecho que nosotros los latinos?

Tal vez haya un poco de verdad en esto último. Sin duda, el sueco tiene desde su infancia otro trato con el frío, y quizás hayan funcionado en este país otras leyes de selección de las especies (vamos, el que no la palma en la infancia, ése de adulto lo resiste todo), pero creo que el secreto de esta forma de resistir la temperatura se debe principalmente a dos cosas: una forma diferente a la nuestra de vestirse para el frío y unas casas construidas como Dios manda.

Vamos por partes: echad un vistazo a la foto siguiente.


Esto que veis, a imagen y semejanza de una tortuga ninja, soy yo, durante un paseo a seis o siete grados bajo cero. Y como en las tortugas, ahí radica el secreto, en el caparazón. Unas buenas botas, un buen plumón, y debajo... ropa ligera (!ep, ep, ep, que no es igual que ligera de ropa!).

Por ropa ligera entiendo, en mi caso, una camiseta muy fina de tirantes y un jersey fino con escote encima. En el caso de muchos suecos y suecas, se trataría de un simple jersey fino, de manga larga o corta, o bien de tirantes, más al estilo de como se vistió ese mismo día Míster R.


Los jerseys un poco gruesos, las camisetas de manga larga, los cuellos altos... todo eso lo pongo en mi maleta para ir a Barcelona en invierno.

De mis hijos podría contaros más o menos lo mismo, que todo lo que no sean mangas cortas, tirantes y jerseys finos no puedo utilizarlo en este país. El otro día, al dejarlos en la guardería, hice una estadística "a ojo" al observar cómo iban ese día sus compañeros de clase: cinco niños iban como mis hijos (jersey fino y camiseta de tirantes o manga corta debajo, supongo), tres iban en manga corta y dos con camiseta de tirantes.

Si no fuéramos así vestidos correríamos el serio riesgo de contraer el sarampión cada vez que pisamos una casa, una tienda, un centro comercial, en general cualquier espacio cerrado. Porque hasta el último rincón está perfectamente caldeado y no tienes que temer cambios bruscos de temperatura como te puede suceder en un piso o en un local Barcelona, al pasar por ejemplo del salón a la cocina o el lavabo.

No se trata de que las temperaturas del interior sean excesivamente altas: miro, por ejemplo, el termómetro de mi apartamento y marca 21° C, eso sí, por todas partes, y con esa temperatura constante os puedo asegurar que sobra cualquier jersey grueso.

No obstante, ir en tirantes y mangas cortas (bajo abrigo), con zapatos de tacón, bambas... y otras cosas que también he visto por estas latitudes, en pleno invierno de frío y nieve, me parece a mí, friolera donde las haya, un pelín exagerado, y en ocasiones he sentido frío ajeno. Como esta misma mañana, al cruzarse conmigo por la calle una mujer con el abrigo abierto y escote. O la niña de esta tarde en la guardería, que se paseaba con tirantes y sin calcetines. No todos practican ese osado desafío al costipado, pero sí bastantes. Y lo más sorprendente es que no me parece que se costipen más que nosotros.

En general, como ya dije, creo que tienen un sentido del frío distinto al nuestro, al menos distinto al mío: los curten desde su tierna infancia... Sólo me queda por saber (y si algún médico me lee, que me lo diga) si las estadísticas indican que en Suecia se producen más bajas laborales por costipados, hay más neumonías y pulmonías por cada mil habitantes, una mayor acumulación de mocos en las fosas nasales y por ende desmesurado consumo de clínex, un mayor índice de tos por minuto, etc., etc. etc., que en nuestro país, donde hemos sido educados para guarecernos del frío. Aún resuena en mis oídos una de las frases preferidas de mi padre: "no vayas descalza por casa y ponte las zapatillas".

Porque si resulta que se costipan igual, tiro mi bolsa de agua caliente a la basura y salgo ahora mismo a comprarme el vestido del escaparate y unos zapatos de tacón y !que me echen frigorías!


* Para los curiosos y para ilustraros de culturilla sueca, se trata de H&M, una empresa sueca fundada en 1947 y que hoy cuenta con más de 1.300 filiales y 60.000 trabajadores en todo el mundo.

20 febrero 2007

XV - El día de los "semlor"


En donde se habla de la costumbre sueca de tener una festividad para sus dulces y la necesidad de adoptar tal costumbre

Esto tan tentador que he fotografiado esta mañana es un "semla" (en plural "semlor"), uno de los dulces de más arraigo en la tradición sueca. Al parecer las tatarabuelas de los actuales suecos ya los preparaban en los tiempos de Maricastaña, que aquí debieron de ser los de Marirrubia.

Y hoy es precisamente el día nacional de los "semlor", porque aquí en Suecia varios de los dulces preferidos tienen su día especial de celebración. Todas las pastelerías colocan estos dulces en el escaparate con su letrerito "Día de los Semlor", y también se ven paradas que los venden.

Antiguamente los "semlor" se comían, servidos en un plato hondo con leche, el martes anterior al miércoles de ceniza ("martes de grasa"); leo como explicación que era una manera de preparar el cuerpo para el ayuno, acumulando buenas dosis de grasa. Después, cuando se relajó la costumbre de ayunar, todos los martes de ese período eran buenos para un "semla". Vamos, que del ayuno pasaron los suecos al exceso. Y actualmente se venden en Suecia en un período entre Navidad y Cuaresma, con lo cual tenemos "enero, febrero y marzo de grasa".

El "semla" es una auténtica bomba de calorías, pues la masa del panecillo dulce lleva, cómo no, un montón de mantequilla, y el relleno es de nata montada y mazapán. Se calcula que hoy los suecos van a consumir unos 4 millones de "semlor", y si tenemos en cuenta que la población es de unos 8,8 millones, o bien uno de cada dos suecos se zampa uno o algunos suecos se van a pegar hoy un buen atracón a costa de los que ayunan. Como dato curioso he leído que un rey sueco del siglo XVIII se murió después de un banquete de "semlor".

Yo los probé en la festividad del año anterior, pero como no me gustan especialmente ni la nata montada ni el mazapán, este año no he caído en la tentación. Además, yo soy una incondicional del cruasán, un infalible antidepresivo que te alegra el día cuando éste se presenta chungo. Por desgracia (o por suerte, según se mire), por estas latitudes sólo los encuentro en poquitas cafeterías y éste es uno de los placeres que me suelo reservar para Barcelona.

Y por cierto, ¿alguien sabe decirme cuándo se celebra la fiesta de San Cruasán, especialmente en su advocación de San Cruasán del Chocolate? En mi próxima visita a mi ciudad prometo adoptar la costumbre sueca y me pienso comer unos cuantos cruasanes, incrementando así las posibilidades honrar en su día a patrón tan meritorio.

P.S. Para ver en fotos cómo se hace un "semla" casero clicad aquí. Y para un artículo cultural serio e interesante que os hablará sobre la importancia del tema, aquí.

Otro P.S. Después de todo lo que he leído, pensado y escrito sobre los "semlor" pienso de verdad que esta mañana me tenía que haber ido a una cafetería a tomarme uno. Cruasanes aparte, la ocasión se lo merecía. Mea culpa.

18 febrero 2007

XIV - La vuelta al ruedo

En donde se narra la rutina de un domingo cualquiera

Mis jueves son domingos, como ya expliqué, así que a mis domingos les toca ser... cualquier día de entre semana. R trabaja casi todas las fiestas de guardar, y nuestros sábados y domingos se convierten en días solitarios, si la soledad puede ser cosa de tres. Lo peor de los fines de semana es llamar a casa, en Barcelona, y enterarte de la buena comida que allí sirven, y la buena compañía claro, pues por mucho e-mail, videoconferencia, internet y teléfono-skype que tengo no puedo teletransportarme para una agradable sobremesa familiar.

Conozco a pocas (algunas) personas en Suecia, pero suelo verlas para un café de diario, porque los fines de semana cada uno anda atareado con su propia familia. (Estoy escribiendo esto y pienso que el próximo fin de semana he quedado ya sábado y también domingo con dos amigas/conocidas suecas, y tal vez R tenga razón y me queje por vicio, y no sea verdad eso de que no conozco a casi nadie en Suecia.)

Un día como hoy, gris y con amenaza de lluvia, hemos salido los tres a tomar un poco el aire. Aunque vivimos rodeados de montones de parques infantiles, en una amplia zona residencial cerrada al tráfico, me niego en rotundo a visitarlos. Entre octubre y mayo el suelo de Gotemburgo está permanentemente húmedo, por mucho que salga un día el sol. Y en la arena de los parques he visto más de cuatro lombrices, que si bien son inofensivas, inocuas e incluso beneficiosas para el medio ambiente, son seres que reptan, por ende reptiles, es decir, bichos asquerosos. Me cuentan las suecas que ellas no se dan ni cuenta de que están y que a los niños les gusta cogerlas; R me corrobora que él de pequeño se las metía en los bolsillos y se las llevaba a casa.

En fin, que no, que a la arena del parque no. Los domingos programo largos paseos, excursiones al supermercado, trayectos en tranvía, visitas a la estación de trenes, deambular por un centro comercial (abren cada día)..., actividades todas que me mantienen alejada de los peligros de la naturaleza salvaje. Y las lombrices las dejo para el cole, que allí salen cada día a jugar aunque sea bajo la lluvia, y cada martes se van de pic-nic a comer al bosque, con su mochila y todo. Ah, me encanta esta relación de los suecos con la naturaleza, haga frío o calor, pero dejando de lado algunas de sus criaturas.

Este domingo dimos el clásico paseo que yo llamo "dar la vuelta al ruedo", es decir, un trayecto circular por los alrededores.



Como veis por las fotos, no hay que caminar mucho en Gotemburgo para tener cerca espacios verdes o bosque, y eso sí que es una de las cosas que echaré de menos cuando deje este país.


Cada uno gozaba del paseo a su manera: uno acarreando un cubo lleno de cachivaches, el otro conduciendo su bólido y yo tomando algunas fotos.


Y así se ha pasado nuestro domingo. Nada muy especial: pero tal vez el arte de ser feliz consista en esto, en la capacidad de disfrutar de esas pequeñas cosas.

14 febrero 2007

XIII - Viva San Valentín

En donde se me ve un poquito el plumero de madre

Yo siempre había sido de celebrar el día catalán de Sant Jordi y no el comercial San Valentín.

O más bien de querer celebrar Sant Jordi, pues la falta de novio y después la presencia de novio pero a kilómetros de distancia y de cultura ajena me han llevado a batir a lo largo de mi vida el récord catalán de rosa cero patatero. Mi padre y/o hermano siempre me traían una de consolación, que está bien, pero no es lo mismo. (A cambio, claro está, yo no tuve que regalar nunca ningún libro ese día, como manda la tradición de la novia al novio.)

Por eso, como hoy me han regalado estos dos corazones, he decidido cambiarme de santo y apuntarme al carro de San Valentín.

13 febrero 2007

XII - La cara oculta de las cosas


En donde se aboga por que todas las cosas tengan su oportunidad

Llevo cinco días encerrada en casa con mis hijos, enfermos por un dichoso virus de gastroenteritis. Por suerte el tema ha remitido y mañana les doy el pasaporte al cole, que si no estaba decidida a dejarlos a ellos en casa y marchar yo a la guardería.

Mis neuronas, si es que son varias, que lo dudo, están resentidas de este tute y las he enviado a un balneario a recuperarse. Por eso me siento incapaz de escribir nada con pies y cabeza, dejo el anunciado capítulo sobre cómo se visten los suecos para otro día, y he decidido mostraros simplemente una imagen que me encanta, y que supone la elevación al estatus de arte de algo tan poco artístico como el chorizo. Me encanta ese claroscuro de tonos anaranjados, esa luz de bombilla emergiendo entre el embutido cual poético amanecer.

Durante nuestras últimas vacaciones R se entretuvo en sacar decenas de fotos de un matacerdo en el pueblo de mi abuela, matacerdos en plural porque fueron diez las defunciones. Y de ahí salieron cientos de chorizos que fueron artísticamente captados por la cámara, aunque yo entonces era escéptica con el resultado. La cosa tiene especialmente mérito si pensamos además que el fotógrafo, medio vegetariano, no se comería jamás ninguno.

La moraleja de esta historia es, por si no lo habías captado, que todas las cosas, más allá de su apariencia, se merecen una oportunidad en la vida de ser contempladas con otra mirada diferente de la habitual (o en otra posible lectura más directa y castiza, y a la vista de la matanza, a cada cerdo le llega su San Martín).

Lo siento si este capítulo no está a mi habitual altura. Y conste que lo avisé, que hoy mis neuronas van por libre...

08 febrero 2007

XI - Un día de fiesta

En donde se habla de jueves que son domingos y de menús de mediodía

Mi marido trabaja todos los fines de semana (y casi todas las fiestas de guardar) y suele librar los jueves: por eso este día es para mí como un domingo.

Después de llevar a los niños a la guardería nos hemos ido a aprovechar un día radiante, aunque frío, paseando por Saltholmen, uno de los muelles de Gotemburgo y punto de partida de los barcos que conectan tierra con el cercano archipiélago. Una de las cosas envidiables de esta ciudad es que no tienes que salir de ella para disfrutar de paseos por la costa, jardines, lagos y bosques, sin agobios de gente, y en una dimensión desconocida para alguien que viene de Barcelona.

Y luego nos hemos ido a comer. Sé que Suecia tiene fama en mi país de ser muy caro, por ello una de mis sorpresas nada más llegar fue comprobar que ya no era así en muchos aspectos. Ésta es una de las ventajas de que Barcelona sea cada vez más cara; así otros lugares ya no te lo parecen tanto. No es broma, comer un menú de mediodía en Gotemburgo es lo mismo que en Barcelona, y además casi todos los restaurantes tienen.

Los menús de mediodía suelen ofrecer de primero un bufé de ensaladas variadas; y de segundo, dos o tres platos a elegir. Yo me he tomado pescado con patatas y salsa de vino blanco, mientras que R ha preferido pasta con salsa de carne. El café y el pan van incluidos, mientras que las bebidas a veces te las cobran aparte. Hoy por ejemplo, iban incluidas. Y los precios de estos menús oscilan entre los 60 y las 80 coronas, que al cambio son..., bueno 9,3 coronas equivalen a un euro, así que calculad vosotros, que yo soy de letras.

Sin embargo, salirse de los menús es más caro y cenar por supuesto también, aunque... vida nocturna, ya no me acuerdo de lo que significa.

A las tres hemos ido a recoger juntos a los hijos y nuestro domingo particular ha proseguido en casita, sin nada de especial.

PS: El brazo de la foto es de R y como veis sigue la costumbre de muchos suecos de ir en manga corta, de la que os hablaré otro día

07 febrero 2007

X - Una visita al hospital

En donde se contrasta el amor sueco a la tranquilidad personal y el amor latino a la jarana

Esta mañana he ido al Östra Sjukhuset, uno de los grandes hospitales de Gotemburgo. Situado a las afueras de la ciudad, es un conjunto de edificios que acogen a los enfermos según su tipo de dolencia, y fue el tercer lugar que conocí a mi llegada hace ya un año y medio a esta ciudad. El primer lugar fue mi piso, el segundo, el supermercado del barrio; y antes de que me diera tiempo a deshacer las maletas ya me estaba yendo con mis hijos al Östra Sjukhuset, que con niños ya se sabe.

Mi visita de hoy ha sido mucho más feliz, porque iba a conocer a los mellizos que ha tenido una amiga española casada con un sueco; ah, el dichoso amor, que hace cambiar el rumbo de las personas de un plumazo...

Como en el hospital no dejan subir a nadie a las habitaciones, sólo una persona acreditada y siempre la misma puede acompañar a la mujer, bajaron mis amigos con la cunita de ruedas de los bebés a verme a la cafetería de la planta baja. Me pareció la mar de chocante ver a mamás recién estrenadas en ropa de hospital, cunas y visitas reunidos allí, aunque eso sí, la cafetería era un lugar tranquilo y relajante como todo lo sueco. Una de las mujeres, que no debía de estar para muchos trajines, había optado lisa y llanamente por acostarse en un banco, mientras la visita, su madre tal vez, miraba la carita del recién nacido. (*)

Como comentamos con mis amigos, un sueco no tiene la necesidad (o costumbre) de recibir tanta familia como nosotros y valora mucho más su propia calma que compartir momentos de alegría o pena. Recordé con una sonrisa mi habitación de cuatro camas en el hospital de Barcelona donde nacieron mis hijos: cuatro mujeres recién paridas de cuatro culturas diferentes, cinco bebés (yo aportaba dos, claro) y tropecientas visitas a la vez, siendo tropecientos un número aproximado entre la veintena y la treintena en momentos punta del fin de semana. Como en tantas cosas de la vida, el punto medio seguramente es el bueno.

Otra cuestión relacionada con bebés que me ha llamado la atención en Suecia es la costumbre, que no obligación, de registrar a la criatura con dos nombres propios, aunque luego la familia suele llamarla con uno solo, el que más les gusta. Y no es necesario que un bebé recién nacido tenga nombre. Hasta tres meses después los padres pueden seguir peleándose en casa, que si a mí me gusta Manolo, que si yo prefiero Kevin, pues no se registra inmediatamente con el nombre. Yo conocí a una mujer con uno de esos bebés anónimos; a mi pregunta de cómo se llamaba su hijo me dijo, no tiene nombre aún, yo le llamo simplemente "mi chiquitín".

Cuando he comentado este tema con algunas suecas me han dicho que a veces es mejor esperar a ver la cara del bebé para saber qué nombre ponerle. Dirán lo que dirán, pero yo estoy contenta de que en España tengas que decidirte nada más nacer. Primero, porque te ahorra semanas de proseguir la pelea y, además, imagina que le miras a la cara y el chaval te ha salido con pinta de llamarse Honorato o Avelino, pues vaya dilema, poner un nombre a una cara que no toca o traumatizarlo de por vida.

(*) No conozco si esta restricción de visitas se aplica a todo el hospital en su conjunto ni cómo es en el resto de Gotemburgo ni del país.

02 febrero 2007

IX - La autora no se hace responsable

En donde se habla de libros y de cómo eludir responsabilidades, vulgarmente "lavarse las manos"

Hace mucho tiempo que dejé de pensar si una novela era buena o mala. Como lectora empedernida, las novelas se dividen para mí entre aquellas que me gustan en unas circunstancias dadas (estado de ánimo, lectura de autobús-cama-sofá-cafetería, época del año, cantidad de neuronas presentes...) y las que no me gustan. Con todo este rollo quiero decir que si empiezo una obra y me gusta, la leo; y si transcurridas una serie de páginas (pongamos cincuenta o cien) no me gusta, la dejo, pues quiere decir que no estaba escrita para mí. De este modo se encuentran entre mis lecturas libros muy diversos, que van desde lo sesudo hasta el puro divertimento.

Últimamente he tenido entre manos (y ojos) un libro muy entretenido,
"Romance de ciego" de Ángeles de Irisarri, cuyas casi 700 me han hecho sonreír en muchas ocasiones. El libro es además Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio 2005, aunque me he vuelto muy escéptica ante los premios literarios pues, como dice una amiga editora, las editoriales están ahí antes que nada para vender, muy lejos del idealismo literario que teníamos ella y yo en nuestros años de carrera.

La trama es un culebrón ("folletín costumbrista" lo llama la autora) y narra, con gran sentido del humor, las andanzas de dos hermanas separadas al nacer: una será rica y la otra pobre. ¿A que nunca os compraríais una novela con este argumento?

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención del libro, y el motivo inicial por el que pensé en escribir este capítulo, son unas frases impresas al principio de la obra: "La autora no se hace responsable del uso de los remedios médicos contenidos en este libro." Y la frase va en serio.

Pensaréis que en el libro se habla de algo que a uno se le puede ocurrir probar. Os copio el remedio que sugiere para curar la jaqueca, a ver si os atrevéis con él:

"(...) le mandó tomar unos sellos compuestos de aceite de raíz de onagra, pétalos de pavolina y corteza de sauce, que no le hicieron favor. Lo mismo sucedió con las friegas de bálsamo chino y pétalos de espino albar (...).

Bueno, hasta aquí, pase. Pero sigue:

"Y otro tanto, con las sanguijuelas que, por aumentar el tratamiento y tras raparle media cabeza, le aplicaba el barbero don Luis, un día sin otro, en la parte herida, bichos que, cuando se habían engordado con toda la sangre de la enferma que les había sido posible succionar, se caían por su propio peso, y el hombre los volvía a introducir en el frasco para llevárselos. Y las muchas infusiones de valeriana y la mucha leche de burra que hubo de beber la incomodaron en extremo, pues que pasaba los días y las noches en un pis."

Me pregunto a mí misma: ¿vamos a convertirnos nosotros, siguiendo a los americanos, en un país donde haya que protegerse legalmente de todo porque te puede caer una demanda (o como se llame) por el tema más absurdo? ¿A alguien se le puede ocurrir aplicarse sanguijuelas y después demandar a la autora porque, no sólo sigue teniendo dolor de cabeza, sino que además le ha entrado una depresión terrible por verse con la mitad de cabeza rapada, ya no puede ir al trabajo, su marido además la dejó del susto, pidiendo su buena compensación por todo ello?

Por si acaso, viendo el percal, no me responsabilizo de que alguien se compre el libro (especialmente lectores masculinos, menos proclives a sensiblerías) y no le guste, pues sabed que todo mayor de edad es plenamente responsable de lo que compra y lee. Y de los euros que cuesta la novela en edición bolsillo no pienso devolverle un duro a nadie aunque me acusen públicamente de haber recomendado un tostón o una cursilada.

Y más por si acaso, no me responsabilizo de nada de lo que fuera-fuese-o-fuere escrito en este blog, ni tampoco del uso, bueno o malo, que hagáis, mis queridos lectores o no lectores, del mismo.