En donde se relata lo que sucedió el pasado sábado por la noche (y que no es lo que estáis pensando) Vivir de aquí para allá como nosotros vivimos nos permite conocer diversos modos de vida. Lo que uno espera viviendo en Suecia es conocer suecos, pero el sábado por la tarde-noche tuvimos el placer de ver un poquito la vida de unos cuantos chilenos. Como ellos me dijeron, entre risas, si quieres conocer a un chileno vente a Suecia; y si quieres conocer a un sueco, vete a Alicante. Porque en Suecia son unos 43.000 los chilenos, un grupo muy destacado dentro de los muchísimos grupos de inmigrantes que han llegado a este país en las últimas décadas.
Se trata sobre todo de chilenos de segunda generación, es decir, hijos de aquellos inmigrantes que llegaron huyendo tras el 11 de septiembre de 1973, el inicio de la dictadura de Pinochet. Hoy en día, por lo que me cuentan y leo, me da la sensación de que están bastante bien integrados en Suecia, aunque conserven costumbres en casa y su forma de ser resulte más abierta que la de un sueco estándar: aquí tienen grupos folclóricos, emisoras de radio, equipos de fútbol...
En el año y medio que llevo en Suecia he conocido a chilenos en varias ocasiones. Los primeros fueron una pareja de mi edad con los que compartí mesa en una barbacoa veraniega. Los recuerdo especialmente por una pequeña anéctoda. Habían venido con un hijo de la edad de los míos (todo un diablillo) y mientras oía al padre reñirlo pensé, vaya, a estos chilenos cuando hablan rápido no hay quien los entienda. Y claro que no entendía ni jota, porque le estaba hablando en ruso. Los padres de este chileno eran comunistas y con la llegada de Pinochet pusieron pies en polvorosa hacia la Unión Soviética, esperando cumplir allí los sueños de un mundo que conocían sólo por la teoría. Mi chileno se crió como ferviente ruso, dispuesto, como él mismo confesó, a alistarse a cualquier guerra del mundo para defender sus ideas (por suerte su madre le hizo reflexionar sobre sus propósitos) pero cuando llegó a su primera juventud debió de ver cosas que no le convencieron y de nuevo toda la familia puso pies en polvorosa, esta vez hacia Suecia. Pudieron salir de la URSS gracias a conservar todavía sus pasaportes chilenos. Y en la cena la pareja me habló de sus proyectos de regresar a Chile, donde esperaban cerrar el círculo de tan azarosa existencia.
Mi siguiente incursión en el mundo chileno fue a través de la guardería, que empezaron mis hijos en julio pasado. Se trata de un centro hispano-sueco, adonde van niños desde el primer año de vida hasta los primeros cursos escolares. Y claro, una buena parte de los niños y profesores son sudamericanos. Como una de las señoritas de mis hijos, que es una chica chilena de segunda generación. Y chilenos son también los papás que nos invitaron anoche a su casa, para celebrar el tercer cumpleaños de su hijo, amiguito de cole de los míos.
En realidad no nos invitaron a cenar sino a "tomar once a su casa", que así me lo explicaron varios de los chilenos que acudieron a la cena. En Chile al parecer es corriente reunirse a tomar un té a media tarde, acompañado de pan, queso, fiambre o algo dulce, que es exactamente lo que nos ofrecieron. Es bien curioso que una reunión que se suele realizar entre las cuatro y las siete de la tarde se llame once, así que también los comensales se dispusieron a explicármelo: antiguamente, cuando los hombres se querían ir a tomar unas copas con los amigotes, le decían a la mujer, me voy a tomar once con mis amigos, haciendo referencia once a las once letras de la palabra aguardiente. Me pareció bien peculiar la explicación y tampoco le vi la relación con el té, pero es la misma que he encontrado en mis búsquedas por internet, así que la daremos por buena.
Parece que los chilenos de hoy en día no perdonan su once y es su momento de relax al regreso del trabajo. En muchos casos acaba sustituyendo a la cena, que fue lo que sucedió ayer, que se sirvió una once bien completita.
Risas, bromas y mucha cordialidad, entre ellos y con nosotros, un grupo de gentes sencillas pero acogedoras. Eso sí, integrados sí que estarán los chilenos en Suecia, pero los decibelios de la once eran bien a la española. Menos mal que los vecinos eran turcos y no tenían problemas con los ruidos, porque si llegan a ser como los míos seguro que nos echan del país.
Me sorprendió que ninguno de ellos me dijera que quería volverse a Chile, aunque sí precisaron que otros conocidos habían vuelto o pasaban, tras la jubilación, temporadas aquí y allá. "¿Para qué voy a irme? Aquí están mis hijos, mis nietos... Tal vez nos compremos para la jubilación un apartamento en Alicante, que el sol, eso sí se añora."
Me parecieron agradecidos con su vida en Suecia, y también orgullosos de vivir en uno de los países mas avanzados del mundo, más avanzado que España, como me apostilló uno de ellos y, sin ningún ánimo de ofenderme, añadiendo para mi sorpresa que, por ejemplo, los españoles usaban poco la electricidad para calentar y en cambio sí la leña y el carbón, o que nuestros autobuses no tenían calefacción. No comenté nada, por prudencia y porque en verdad Suecia es más rica que nosotros (aunque sí tengamos radiadores eléctricos), pero me quedé pensando en que a mí me debe de pasar lo mismo con otros lugares del mundo, que tienes alguna idea preconcebida errónea, has oído o te ha parecido oír algo, y no te quitas tu prejuicio ni aunque lo frotes con jabón y estropajo.
Menos mal que al poco rato se acercó una mujer que nos había escuchado de lejos y me aseguró que había estado en España en invierno y que el transporte público tenía calefacción, y eso me tranquilizó muy mucho, pues con la ola de frío que estáis pasando por ahí abajo ya os hacía a todos vosotros con la bufanda y el gorro puestos hasta dentro del autobús.
Se trata sobre todo de chilenos de segunda generación, es decir, hijos de aquellos inmigrantes que llegaron huyendo tras el 11 de septiembre de 1973, el inicio de la dictadura de Pinochet. Hoy en día, por lo que me cuentan y leo, me da la sensación de que están bastante bien integrados en Suecia, aunque conserven costumbres en casa y su forma de ser resulte más abierta que la de un sueco estándar: aquí tienen grupos folclóricos, emisoras de radio, equipos de fútbol...
En el año y medio que llevo en Suecia he conocido a chilenos en varias ocasiones. Los primeros fueron una pareja de mi edad con los que compartí mesa en una barbacoa veraniega. Los recuerdo especialmente por una pequeña anéctoda. Habían venido con un hijo de la edad de los míos (todo un diablillo) y mientras oía al padre reñirlo pensé, vaya, a estos chilenos cuando hablan rápido no hay quien los entienda. Y claro que no entendía ni jota, porque le estaba hablando en ruso. Los padres de este chileno eran comunistas y con la llegada de Pinochet pusieron pies en polvorosa hacia la Unión Soviética, esperando cumplir allí los sueños de un mundo que conocían sólo por la teoría. Mi chileno se crió como ferviente ruso, dispuesto, como él mismo confesó, a alistarse a cualquier guerra del mundo para defender sus ideas (por suerte su madre le hizo reflexionar sobre sus propósitos) pero cuando llegó a su primera juventud debió de ver cosas que no le convencieron y de nuevo toda la familia puso pies en polvorosa, esta vez hacia Suecia. Pudieron salir de la URSS gracias a conservar todavía sus pasaportes chilenos. Y en la cena la pareja me habló de sus proyectos de regresar a Chile, donde esperaban cerrar el círculo de tan azarosa existencia.
Mi siguiente incursión en el mundo chileno fue a través de la guardería, que empezaron mis hijos en julio pasado. Se trata de un centro hispano-sueco, adonde van niños desde el primer año de vida hasta los primeros cursos escolares. Y claro, una buena parte de los niños y profesores son sudamericanos. Como una de las señoritas de mis hijos, que es una chica chilena de segunda generación. Y chilenos son también los papás que nos invitaron anoche a su casa, para celebrar el tercer cumpleaños de su hijo, amiguito de cole de los míos.
En realidad no nos invitaron a cenar sino a "tomar once a su casa", que así me lo explicaron varios de los chilenos que acudieron a la cena. En Chile al parecer es corriente reunirse a tomar un té a media tarde, acompañado de pan, queso, fiambre o algo dulce, que es exactamente lo que nos ofrecieron. Es bien curioso que una reunión que se suele realizar entre las cuatro y las siete de la tarde se llame once, así que también los comensales se dispusieron a explicármelo: antiguamente, cuando los hombres se querían ir a tomar unas copas con los amigotes, le decían a la mujer, me voy a tomar once con mis amigos, haciendo referencia once a las once letras de la palabra aguardiente. Me pareció bien peculiar la explicación y tampoco le vi la relación con el té, pero es la misma que he encontrado en mis búsquedas por internet, así que la daremos por buena.
Parece que los chilenos de hoy en día no perdonan su once y es su momento de relax al regreso del trabajo. En muchos casos acaba sustituyendo a la cena, que fue lo que sucedió ayer, que se sirvió una once bien completita.
Risas, bromas y mucha cordialidad, entre ellos y con nosotros, un grupo de gentes sencillas pero acogedoras. Eso sí, integrados sí que estarán los chilenos en Suecia, pero los decibelios de la once eran bien a la española. Menos mal que los vecinos eran turcos y no tenían problemas con los ruidos, porque si llegan a ser como los míos seguro que nos echan del país.
Me sorprendió que ninguno de ellos me dijera que quería volverse a Chile, aunque sí precisaron que otros conocidos habían vuelto o pasaban, tras la jubilación, temporadas aquí y allá. "¿Para qué voy a irme? Aquí están mis hijos, mis nietos... Tal vez nos compremos para la jubilación un apartamento en Alicante, que el sol, eso sí se añora."
Me parecieron agradecidos con su vida en Suecia, y también orgullosos de vivir en uno de los países mas avanzados del mundo, más avanzado que España, como me apostilló uno de ellos y, sin ningún ánimo de ofenderme, añadiendo para mi sorpresa que, por ejemplo, los españoles usaban poco la electricidad para calentar y en cambio sí la leña y el carbón, o que nuestros autobuses no tenían calefacción. No comenté nada, por prudencia y porque en verdad Suecia es más rica que nosotros (aunque sí tengamos radiadores eléctricos), pero me quedé pensando en que a mí me debe de pasar lo mismo con otros lugares del mundo, que tienes alguna idea preconcebida errónea, has oído o te ha parecido oír algo, y no te quitas tu prejuicio ni aunque lo frotes con jabón y estropajo.
Menos mal que al poco rato se acercó una mujer que nos había escuchado de lejos y me aseguró que había estado en España en invierno y que el transporte público tenía calefacción, y eso me tranquilizó muy mucho, pues con la ola de frío que estáis pasando por ahí abajo ya os hacía a todos vosotros con la bufanda y el gorro puestos hasta dentro del autobús.
6 comentarios:
Que interesante lo que contás Mercedes. Yo conocí muchísimos chilenos en la Iglesia. Son muy abiertos, es cierto, muchisimo mas que los suecos!!
Lo de la once...buenísimo! No lo sabía! jajajajaja
Me alegro que hayas podído distenderte un rato en tu propio idioma...ya me acuerdo yo lo que extrañaba hablar castellano!!
Un saludo y ya tengo ganas yo también de comprarme un chalecito en Alicante!
@Anavi: A mí también me gusta hablar en castellano, pues me paso el día entre varios idiomas que no son los míos. Menos mal que me queda el consuelo de leer en mi idioma.
Pues vente pa acá, Anaví. :-)
Mercedes: Es importante hablar en tu idioma aunque sea un rato, cuando es posible. En Irlanda del norte un día que pillé a unos españoles después de varios días sin hablar en español, me di cuenta de que, de repente, estaba hablando más rápido de lo que normalmente hablo aquí en España. Se ve que tenía ganas ya de poder hablar en mi idioma. :-D
@amelche: tienes razón; menos mal que de mis dos hijos uno es una cotorra de cuidado, así que al menos converso con ellos en castellano (con mi marido hablo en alemán)
Recuerdo que cuando vivíamos en Suiza (y después, cuando volvíamos de vacaciones) me llamaba la atención que había como más contacto entre los hispanos allí que no luego aquí. Era coincidir con alguien que hablara español y ya había buen rollo. Me imagino que valoras más esos momentos cuando te encuentras en otra cultura.
un saludo.
PD: Este invierno por aquí casi no hace frío, así que no ha hecho falta hacer fogatas con los asientos en los autobuses :-))
@Sansar: Cuando estás en el extranjero suele ser más fácil contactar con gente de tu propio país (o tu propio idioma) que con lugarenos. Yo no lo evito ni lo busco. Busco el contacto con gente que me llene y a la que yo interese, sean de donde sean. Por el hecho de ser espanoles no tenemos por qué congeniar, aunque es cierto que la entrada es mucho fácil. A la semana de llegar a Suecia conocí a una catalana de mi edad por casualidad; nos tomamos un café y no nos hemos vuelto a ver: ni ella era mi tipo ni yo su tipo, cada forma de ser respetable. Pero en Barcelona, ni siquiera habría habido ese único café.
En cambio, quedo de vez en cuando con dos conocidas-amigas suecas, con las que tengo muchas más cosas en común y a pesar de que nuestro idioma de contacto sea el inglés.
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